miércoles, 2 de marzo de 2022
Democracia: ¿norma o excepción?
domingo, 27 de febrero de 2022
Diezmar: están locos estos romanos
Cuando Obélix dice eso de “están locos estos romanos” no le falta
razón y es que para algunas cosas los romanos eran un poquito brutos. Si sus
legiones fueron invencibles durante varios siglos fue, en gran medida, por la
férrea disciplina que demostraban en batalla y ello se debía tanto a la buena
preparación de los legionarios fruto de una vida dedicada al servicio militar,
como a los durísimos castigos que debían afrontar en caso de incumplimiento del
deber.
Los castigos físicos eran muy
habituales y las faltas más leves eran castigadas con azotes propinados por el
centurión con su vitis, una vara
corta hecha de sarmiento de parra. El centurión tenía potestad para decidir que
se consideraba falta leve con lo que tenía bastante manga ancha a la hora de
castigar. Para penas mayores, especialmente de muerte, se precisaba la
aprobación de oficiales superiores. Si un soldado abandonaba su guardia o se
quedaba dormido era condenado a muerte por apaleamiento o lapidación. Los
ejecutores eran, además, sus propios compañeros cuyas vidas había puesto en
peligro el infractor. Se repartían unas varas de madera entre los legionarios,
el sentenciado era despojado de sus ropas y, desnudo, era rodeado por los
demás. En cuestión de minutos era molido a palos hasta morir. Las deserciones se castigaban
con igual dureza pero con una muerte considerada indigna, la crucifixión. Con
semejantes castigos es fácil suponer que las deserciones o incumplimientos del
servicio se redujeron a la mínima expresión en el ejército romano.
Una de las acepciones que el DRAE
da para la palabra diezmar es “castigar a uno de cada diez cuando son
muchos los delincuentes o cuando son desconocidos entre muchos” Para
encontrar el origen de este significado hay que remontarse, de nuevo, al
Imperio Romano, en concreto al peor castigo que podían sufrir las legiones. Si
una legión era considerada culpable de cobardía, de abandono ignominioso del
campo de batalla o de amotinamiento, se podía imponer la pena de la decimatio (diezmo). Diezmar una legión
consistía en matar a uno de cada diez legionarios. Divididos en grupos de diez,
los soldados debían echar a suertes, sin distinción de rango, quien era el
desafortunado que iba a morir y el elegido era ejecutado por los otros 9 a
palos o lapidado. Si se negaban podían ser condenados todos y una vez pronunciada
la “sentencia” los legionarios no podían apelar a nadie ya que el general al
mando de una Legión era la máxima autoridad y gozaba de plenos poderes sobre sus
hombres. Este castigo nunca fue habitual
ya que resultaba contraproducente por desmoralizante y es que lo de moler a
palos a un compañeros no contribuía a levantar el ánimo de nadie y predisponía
a la tropa contra el general que ordenaba la matanza. Aún así hay testimonios
de ello. Durante la revuelta de esclavos liderada por el tracio Espartaco,
entre 73 y 71 a.C., Marco Licinio Craso recibió el mando de seis legiones de
nueva formación que se sumaron a las dos supervivientes de los anteriores
cónsules Léntulo y Gelio, que habían sido derrotadas por Espartaco. Craso
consideró que la derrota frente a una turba de esclavos era una vergüenza para
las armas de Roma y ordenó la diezma de dichas legiones. Una legión de aquella
época venía a constar de unos 5.000 hombres así que podéis haceros una idea de
lo dramático que resultaba el castigo. Cada legión se dividía en diez cohortes
y podía darse el caso de que el castigo se aplicase, exclusivamente, sobre una
de ellas también por sorteo. Los soldados supervivientes debían dormir fuera
del recinto del campamento, con el peligro que ello entrañaba, y se les
cambiaba su ración de trigo por cebada.
viernes, 25 de febrero de 2022
Parte semanal: habla el generalísimo Franco.
Inauguramos así, de la mejor manera posible, nuestro parte semanal en el que tendrán ustedes conocimiento de todo cuanto acontezca en el mundo y en nuestra querida patria.
miércoles, 23 de febrero de 2022
Ortemius, el sabio loco.
Ortemius, que ya era viejo cuando mi
abuelo era un joven, siempre me dijo que para saber hay que ser paciente y
estar dispuesto a no avanzar ni un solo paso. En la aparente quietud de la
inmovilidad de las cosas y en la perseverancia, repetía, está el conocimiento. Durante
muchos años no entendí aquella sentencia en la que se basa el ancestral saber
alquímico.
Antes
de que los Grandes Pesares asolaran estas tierras, Ortemius ya era conocido
como el sabio loco y es curioso cómo entre la gente siempre pesó más lo segundo
que lo primero. Veían en él a un orate y no al hombre sabio que era. No digo
que no estuviera loco, que sin duda lo estaba, pero su locura era una locura
sincera y bondadosa, repleta de un conocimiento y de una sapiencia que él estaba
dispuesto a compartir con quien lograse descifrar su intrincada y compleja
mente. Supongo que para eso hacía falta paciencia y algo de suerte. Él, sin
embargo, no se tenía por loco, se veía más bien como un profeta que ha olvidado
su mensaje y por eso ansiaba tanto encontrar a alguien que le entendiese y
pudiese descifrarle. Hablar con Ortemius, el sabio loco, era como leer un libro
escrito en una legua desconocida en una habitación en penumbra. Era emocionante
e inspirador. Terrorífico y desesperante.
La vida de
Ortemius no debería caer en el olvido y es por ello que me dispongo a narrarla
en las páginas que vais a leer a continuación. Lo haré sin aparente orden ni
concierto, pues así funcionaban mi maestro y su intrincada mente, aunque con el
tiempo aprendí que con él, con Ortemius, nunca nada sucedía por azar y todo
escondía un significado oculto. Si desesperas en la lectura de estas memorias
que yo, un humilde aprendiz, pretendo relatar, es que sencillamente no estás
preparado para comprender al sabio loco y su mensaje. Tal vez ni yo mismo lo
esté, quién sabe. He aquí la historia, las historias, de Ortemius el más grande
hombre que fue, es y será. El discípulo que se convirtió en maestro. El maestro
que alcanzó la sabiduría tras abandonar la razón. El sabio que se tornó en
loco. El loco que me devolvió la cordura.
martes, 22 de febrero de 2022
De casas y casados
La palma sin duda se la lleva en los últimos días cierto partido putativo que al parecer no se casa con nadie, o sí, depende de a quién preguntes. Y digo lo de putativo, por que si un padre lo es, putativo, es porque se le tiene por tal... sin serlo. Pues lo mismo le pasa al partido en cuestión, y yo diría que a todos en general, que a lo mejor alguien lo tenía por el partido de sus votantes o como mínimo de sus militantes... sin serlo. Los partidos se casan y este partido putativo no es una excepción, esta casado. Y si pensaban ustedes que lo de contraer matrimonio era cosa solo de personas, se equivocan. Otra cosa es que la unión, el desposorio, tenga un futuro más bien incierto aunque en estos del matrimonio ya se sabe que cualquier cosa es posible.
Se conoce que al Casado le place la frase que otro de las Casas, de nombre Bartolomé, pronunció en su día "Rex qui sedet in solio iudicii, dissipat omne malum in tuito suo" que traducido al román paladín, sin duda más vulgar pero más inteligible para la gran mayoría de nosotros, quiere decir "El Rey que está sentado en el solio del juicio disipa todo mal con su mirada"
Y ahí anda cual Quijote, don Pablo, mirando fijamente a quién sabe dónde y pensando quién sabe qué. Mirando para disipar un mal que no parece querer disiparse, un mal que entre unas y otros han esparcido como la mierda esa del ventilador, haciéndonos un flaco favor a los españoles en general, hasta a los más alejados ideológicamente del partido putativo este. Porque al final, y según nos venden esto de la democracia, los partidos ya sean putativos o legítimos, deberían ser la casa de los ciudadanos, el edificio en el que deberían habitar nuestros deseos, anhelos, exigencias, dudas, proyectos... el lugar en el que a través de unos individuos de profesión políticos (permítanme ustedes el uso del masculino genérico, que siendo lo correcto, no implica discriminación ni mala fe de ningún tipo, más bien ahorro y buen hacer gramatical) deberíamos ver como esos programas, esas propuestas que lanza cada casa, intentan llevarse a cabo y nuestros problemas, los del día a día, que son los que al final más agobian, intentan ser solucionados. Pero no...
Esto de la democracia es como el trayecto en carruaje que llevó al bueno de Jonhatan Harker al castillo de cierto conde con una desmedida afición por la sangre: "Bienvenido a mi casa, entre libremente por su propia voluntad y deje parte de la alegría que trae consigo" Así, así te reciben en un partido político de esos y al final te das cuenta de que lo que has dejado no es una parte de la alegría que traías contigo, sino la Fe en un sistema disfuncional y a la deriva. Un sistema que como una casa en ruinas no parece tener más arreglo que el derribo total.
miércoles, 13 de marzo de 2019
Vuelve el mamut... con el calor que hace.
Van a clonar mamuts. No es que vayan a hacerlo para mañana, pero al parecer, hoy están un poquito más cerca que ayer. Bien. Interesante. Y pese a todo, yo, que no soy científico ni nada, le veo al menos un par de pegas al tema de clonar mamuts lanudos, a saber:domingo, 24 de febrero de 2019
La labor del historiador: Preston vs Payne.
Entiendo perfectamente que es muy complicado mantener esa objetividad al cien por cien. Cuando uno se sumerge en el profundo estudio de unos hechos o en el análisis de la vida de alguien, es comprensible que mantenerse al margen puede resultar arduo, imposible incluso, pero el historiador nunca debe perder de vista que su labor no es ni más (ni menos) que la de exponer las vidas y los hechos de los que nos precedieron, tratando de explicarlas pero jamás juzgando. Cuando el historiador se convierte en juez deja de ser historiador y pasa a convertirse en otra cosa. Mejor o peor ya no lo sé, que cada uno decida.
Figuras como Azaña o Gil-Robles, como protagonistas que fueron, aparecen en ambos libros y lo hacen de manera tan diferente que da la sensación de que en vez de dos fueron cuatro. El Gil-Robles de Preston, que dicho sea de paso le sirve como modelo para tratar a toda la derecha española de la época, desde sus líderes hasta el más humilde de sus votantes, es un ser poco menos que demoníaco, un sibilino conspirador, fascista convencido cuyo único propósito desde el principio es socavar cualquier intento de instaurar la democracia en España y derribar a la joven república. La derecha de Preston, desde la más moderada hasta la Falange de José Antonio, pasando por la CEDA, los carlistas y los monárquicos está compuesta por bárbaros violentos que consideran a la clase trabajadora (como si no hubiese trabajadores que votaron a las derechas) como seres poco menos que infrahumanos. Esta idea se repite machaconamente durante toda la obra, tanto que termina por resultar cansina y difícilmente asimilable para el lector por absurda. Englobar a la mitad de la población en ese cliché no resulta verosímil. En el otro lado en cambio tenemos a la izquierda. O las izquierdas. Unos santos varones cuyos actos de violencia, siempre menores y justificados, no eran más que la respuesta inevitable a los desmanes del otro lado. Como digo, ambas visiones son incompatibles. Imposibles. Y como mi padre me enseñó, en el término medio suele estar la virtud.
Durante décadas la historiografía se ha volcado en una determinada visión de la historia de España que exculpa de todo a la izquierda y castiga sin piedad a la derecha. Incluso hoy en día. Del libro de Payne y Palacios me quedo con ciertas ideas poco señaladas por los historiadores. El primero, la proclamación de la II República fue un golpe civil, incruento, pero un golpe contra el orden establecido. Se produjo después de unas elecciones locales en las que los partidos republicanos consideraron que su victoria les legitimaba para modificar unilateralmente la forma de estado y la Constitución. Y ello sólo fue posible porque los militares, los militantes y votantes de derechas y el mismo Rey, su majestad Alfonso XIII, decidieron no oponerse. Pero eso no exculpa a dicha proclamación de ser un golpe bastante similar al que se intentó en Cataluña hace algo más de un año.
Segundo, como decía antes, la ambición de la izquierda, personalizada en Manuel Azaña, fue la de excluir a la derecha de la República. Azaña, Largo Caballero y la izquierda en general, no querían una República democrática, querían una República de izquierdas, como si la izquierda fuese la única opción legítima. Que los ciudadanos votasen a partidos de derechas les resultaba inconcebible y lo achacaban a presiones, violencia, chantajes etc
Algo parecido ocurre hoy en día, desgraciadamente, cuando desde la izquierda se deslegitima el voto a cualquier opción de derecha o centro derecha. El problema de las izquierdas españoles es que nunca han llegado a entender que sus planteamientos no han sido aceptados por gran parte de los votantes españoles, y no lo serán, porque muchos prefieren otros planteamientos, igual que los preferían en los años treinta.
El problema de todo esto es que al final la Historia se ve en vuelta en las luchas políticas... y si permitimos que esto suceda estamos perdidos. Hay que leer a Preston, a Payne y a tantos y tantos historiadores que han escrito sobre el tema, cuantos más mejor, y al final tener el suficiente entendimiento para aprender de los hechos pasados.
Me gustaría resaltar una idea de nuevo, el trabajo, la labor de la Historia (y por tanto del historiador), no es la de juzgar el pasado, principalmente porque cualquier juicio basado, como no puede ser de otra manera, en nuestros actuales valores morales, en nuestro sistema jurídico, en nuestros principios etc , resultará inequívocamente negativo para ese pasado que, lejos de ser juzgado, debe ser conocido para nuestro propio aprendizaje. Igual que nuestros padres y abuelos nos enseñan lo mejor que saben con su experiencia, la Historia debería hacer lo propio, sin ninguna pretensión de guiarnos o indicarnos el camino, simplemente (que no es poco) con la ambición de darnos cuanta más información mejor para poder tomar las decisiones adecuadas... y no tropezar de nuevo con las mismas piedras que nuestros antepasados... difícil tarea ¿no creéis?
RELAJAR: no es oro todo lo que reluce
Si preguntamos por ahí que sensaciones experimenta la gente ante el verbo relajar , la mayoría responderá con palabras positivas. Cuando u...
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Si preguntamos por ahí que sensaciones experimenta la gente ante el verbo relajar , la mayoría responderá con palabras positivas. Cuando u...
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En unos meses espero tener publicada mi primera novela, un delirio sin sentido que seguro os va a encantar, os dejo un anticipo que no ser...
