Diez
años dando vueltas a la manzana y nunca dio signos de cansancio. La gente se
había acostumbrado a verlo pasar, cada veinte minutos una vuelta, puntual como un reloj, marcando las horas con precisión suiza. Al
principio le tomaron por loco, que menos. Luego le adoraron como parte de su
rutina. Armando, el camarero, le tenía preparado un café con ensaimada todos
los días a las ocho en punto, desayuno que el corredor devoraba en una vuelta sin derramar una sola gota. En el siguiente giro recogía el periódico en el
quiosco de Pepe, lo leía en un par de vueltas mientras a gritos comentaba con los vecinos la jornada de Liga o las principales noticias de la jornada. Terminada la lectura el corredor devolvía el periódico a Pepe. Gran tipo ese Pepe que
nunca le cobró un euro por leer la prensa. Los de la casa de comidas para
llevar, aprovechando el tirón de su popularidad, le daban de comer y cenar. En
la tienda de deportes le surtían de zapatillas que cambiaba con maestría sin
detener su inexorable marcha. Y así con todo. Su inexplicada ausencia cambió la
vida del barrio. Cerraron negocios y la gente su marchó. Sólo Armando siguió
preparando su café con ensaimada mientras recordaba tiempos mejores.
miércoles, 30 de enero de 2019
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